lunes, 6 de junio de 2011

El ser humano-isla

Ni el piano ni la computadora se van a meter en la cama con uno


JACQUES SAGOT jacsagot@gmail.com 06:38 P.M. 18/02/2011

El filósofo Max Scheler hablaba de tres tipos de soledad: la física, la social, y la moral. Un ser humano perdido en el desierto está físicamente solo. Un ser humano extraviado en una inmensa y ajena ciudad está socialmente solo (“En este populoso desierto que llaman París” –se lamenta La Traviata: magna civitas, magna solitude). Un ser humano cuyo sentimiento íntimo de la vida, cuyas ideas, cuya sensibilidad ética y estética –en suma, su cosmovisión– no sea compartido por nadie en su entorno, está moralmente solo. Aislado, insular. La más terrible de las soledades. Como alguna vez dijo Ortega y Gasset: “Ser diferente es ser indecente”. Nadar a contracorriente de la marejada que todo lo va arrastrando a su paso, es el acto más heroico de que un ser humano es capaz. Esa es la Soledad, la que se escribe y se vive con mayúscula. El rechazo, el ninguneo, la envidia, la burla, la desaprobación, a veces la difamación, o insultos que hacen detenerse el movimiento del planeta por un instante.

El ser humano busca la integración, la aceptación, desde su más temprana edad. Es, de hecho, su manera de vivir el amor. ¡Pero ser “diferente”! “Unus vir, nullus vir”: “Un hombre solo equivale a ningún hombre” –dice Erasmo. En efecto. Necesitamos testigos de nuestro paso por el mundo. La soledad moral engendrada por la diferencia duele; de hecho, es quizás el dolor más grande que existe. Y si se experimenta desde la infancia, puede marcar la vida entera. Lo más triste es que dentro de esos que rechazan al hombre-isla, no faltan quienes le profesan una sorda, secreta admiración, que jamás admitirían.

Y bueno, se aprende a vivir en la soledad, que al rato es buena compañera. Algunos dicen que el creador nunca está solo. Lo acompaña su obra, su trabajo. “La soledad no se rompe con la compañía, sino con la palabra”, dice, en una se sus más bellas cartas, Yolanda Oreamuno. Sí, sí, Yolanda, estamos de acuerdo. Pero luego llega ese momento terrible en que hay que cerrar la tapa del piano y de la computadora, e ir a meterse entre las cobijas a leer un ratillo, tomarse los somníferos, acomodarse las almohadas' el lecho se siente enorme, casi una estepa siberiana, y ni el piano ni la computadora se van a meter en la cama con uno. Claro, siempre podemos comprarnos un gato para que nos caliente los pies, supongo. La noche'cuando la soledad muerde más duro. La diferencia, la soledad moral' los abrojos se llenarán de flores, y de los árboles resecos brotarán frutos inéditos: cuentos, sinfonías, poemas' Tierra feraz, la soledad. Y al rato, podríamos hasta encontrarle rasgos de mujer, y enamorarnos de ella.

Almas fracturadas

La palabra no es siempre la hermana gemela de la acción


JACQUES SAGOT jacsagot@gmail.com 03:36 P.M. 15/04/2011

Tenía yo 12 años cuando una campaña de evangelización se instaló en el pueblo. Nos despertaban todos los días con el Ave María de Schubert. Fui llevado a confesión. Oculto tras la ventanita del confesionario el padre, respirando agitadamente, me preguntó: “¿Has hecho ya actos impuros con tu cuerpo?”

Presentado ante el sacristán que seleccionaba las voces de los niños del coro, el santo varón me sentó sobre las rodillas y me dijo al oído: “¡Qué lindo angelito el que tenemos aquí! Decime una cosa: ¿ya se te para la pirinola?”

Antes de la consummatio de mi matrimonio, fui obligado a tomar un curso sobre el significado del sacramento en cuestión. En sesión previa a la ceremonia, el padre me acribilló de preguntas: “¿Has tenido ya relaciones sexuales con tu futura esposa? ¿Cuán a menudo? ¿La has poseído de manera antinatural? ¿Has practicado la fellatio, elcunilingus o el analingus? ¿El sexo grupal? ¿Posiciones sancionadas por las Escrituras?”. Sudaba profusamente. Poco o nada me dijo sobre el sacramento. Recuerdo que me declaró “muy ignorante de la palabra del Señor” y me impuso como penitencia cinco misas.

El cura que fue designado para mi boda, puesto en mientes de nuestra no inmediata intención de tener hijos, juzgó que nuestro matrimonio no iba a cumplir con el mandato de poblar “las huestes del Señor”. Lo celebró, por fin, a instancias de mis parientes, y ello a regañadientes. Años después, durante una gira al Vaticano donde su coro cantó para Juan Pablo II, el padre inició oficialmente a uno de los coristas en la homosexualidad. Que el hotel, que la tensión del viaje, ustedes saben: el cuento del “vení dame un masajito”.

Conozco pocos curas. Hoy he pasado revista a casi todos ellos. Cinco son homosexuales. Otros están acusados de pedofilia y constituyen causescélèbres en Costa Rica. Uno de ellos estuvo en prisión durante tres años por estafa y aun más sórdidas maniobras. Dos arzobispos lo encubrieron. En Estados Unidos hay actualmente más de 150 sacerdotes encausados por delitos sexuales.

Nada censuro en la homosexualidad, salvo el doble discurso de los que la condenan y practican en “sus momentos de ocio”.

Conozco a buenos curas, hombres admirables: el padre Hernández, que fue mi profesor en la escuela primaria, el que me enseñó a rezar, algo que valoro más que lo que todos los otros maestros me dieron. El pastor Ricardo Foulkes –la nobleza misma– colega pianista, además de teólogo sapientísimo. El padre Lesera, de Cartago, viejo sabio cuya palabra luminosa me ha hecho sentir tan próximo a la Verdad como puede uno estarlo. Y muchos más los hay. ¡Que lástima, que la palabra no sea siempre la hermana gemela de la acción! El sacerdocio requiere una madera espiritual especialmente trabajada: recia y tierna a un tiempo; enérgica y clemente a la vez. Pero, por encima de todo, coherente: vivir según la palabra que ha proclamado sagrada.

El silencioso canto de la piedra

Auguste Rodin Dos museos albergan la herencia artística del legendario escultor francés


JACQUES SAGOT jacsagot@gmail.com 06:49 P.M. 14/05/2010

Es creencia generalizada que la arquitectura y la escultura son artes “inmóviles”. El crítico vienés Eduard Hanslick las describe como “música congelada”. En materia de estética no es bueno aceptar conceptos recibidos sin antes haberlos verificado nosotros mismos.

(1908), escultura en mármol.

Si vamos sentados –inmóviles– en un tren en marcha, el espectáculo visual fluye ante nosotros, pero, si recorremos los andenes de un tren –también inmóvil–, el paisaje externo se “moverá” ante nosotros. En ambos casos hay movimiento.

Al entrar en un edificio, la mirada, el desplazamiento del caminante va creando el movimiento. Si nos sentamos inmóviles ante un espectáculo teatral o en un cine, el movimiento de las imágenes va también creando el movimiento, relativamente a nuestra posición.

Escultura, arquitectura, música, cine: artes igualmente fluidas, artes que existen en el tiempo, artes crónicas.

Hoy consideraremos a uno de los grandes poetas del movimiento virtual: Auguste Rodin, el más grande escultor de la segunda mitad del siglo XIX.

Más allá del cincel, puso a cantar a las piedras, las animó de vida por poco diríamos orgánica. Los invitamos a su casa taller, en la calle Varenne, del sétimo distrito de París, hoy en día uno de los grandes museos escultóricos del mundo. Es su propio convite: ¿cómo no aceptar semejante invitación?

Pasemos adelante. Efectivamente, en 1916, un año antes de su muerte, Rodin legó al Estado francés, “para aquellos que amen la escultura y el dibujo” (era un soberbio dibujante) sus dos museos: el que venimos de mencionar, y el de Meudon, en la Alta Sena, donde reposan sus restos mortales.

Entre las dos sedes se guardan 6.600 esculturas, 8.000 dibujos, 8.000 fotografías antiguas y 7.000 objetos de arte diversos. Además, se presenta una conmovedora película muda de 1915, en la que se ve al escultor en su taller, a Renoir, Monet, Saint-Saëns y a la legendaria Sarah Bernhardt. Casi un millón de personas visitan anualmente ambos museos

Conviértete en lo que eres. Ahora, el currículum negativo, ese que tranquiliza y reconforta a todos aquellos que han sido rechazados en certámenes artísticos.

Víctima de una miopía tardíamente diagnosticada, Auguste Rodin pasa por la escuela primaria y secundaria reprobando un año sí y el otro también.

Tres veces consecutivas fracasa en su tentativa de ser admitido al departamento de escultura de la Escuela de Bellas Artes de París.

Su escultura Hombre con la nariz rota es rechazada ad portas en el Salón de París, donde Rodin no expondrá hasta 1878. Su primera obra maestra, La edad de bronce, es de un realismo tan pasmoso que lo acusan demoulage, esto es, de “hacer trampa”: Rodin habría cubierto los miembros de un modelo con yeso, luego los habría laminado con bronce, y finalmente ensamblado.

El agravio resintió a Rodin hasta el final de su vida. Para desmentir la acusación, creó una escultura a escala sobrehumana de Juan Bautista, imposible, por lo tanto, de mouler.

Ya no había por donde descalificarlo: “Señores, entre nosotros, un genio”, dijo Monet.

Ella. En 1864, Rodin conoce a una muchacha, costurera, de veinte años de edad: pasarían cincuenta y tres años juntos. Una vida de afecto y solidaridad, en la que ella haría las veces de modelo, compañera, hermana, madre y, por fin –meses antes de morir ambos–, de esposa.

En 1883, cuarenta y tres años él, diecinueve ella, Rodin conoce a una brillante discípula: Camille Claudel, hermana del gran escritor católico y premio Nobel de Literatura, Paul Claudel.

El eros pedagógico, de Platón. Camille Claudel se convierte en su alumna, su modelo, su asistente, su amante, pero sobre todo en algo que Rose no podía darle: su musa, su egeria: esa sutil, indeterminable fragancia que llamamos inspiración, complicidad erótica y complicidad artística.

Camille da muestras de un talento fuera de serie. “La señorita Claudel se ha convertido en mi mejor crítica: de un tiempo acá, solamente su opinión consulto”. Más tarde: “Yo le enseñé dónde buscar el oro, pero el que ella ha encontrado sólo a ella pertenece”.

Repetidos estudios se han hecho para determinar, en esta obra conjunta, en qué consiste el aporte de Camille a la obra de Rodin, pero es imposible determinarlo. Unión de los cuerpos, unión de las almas, unión en la obra.

Rodin rechaza una y otra vez las peticiones de matrimonio de Camille. La escultora se hunde en profunda depresión. Contra la voz y la acción de Rodin, su familia opta por encerrarla en un manicomio.

Prohibidas las cartas, prohibidas las visitas, prohibidas las lágrimas. No vuelve a esculpir, y se extingue en 1943, tras cuarenta años de reclusión.

El alma de la piedra. Rodin le dio a la escultura una libertad de forma, una vida que no conocía desde la época clásica. Mucho más que a la academia (¡él, escultor antiacadémico por excelencia!), le debe su obra a Miguel Ángel y, especialmente, a Donatello.

Sus viajes a Florencia, Turín, Nápoles, Roma y Venecia fueron más determinantes que todo cuanto pudo haber aprendido en los talleres parisinos en los que laboró.

Su escultura Movimiento de danza H nos muestra a un hombre sin cabeza, los brazos tendidos hacia lo alto, puro ímpetu de la ascensión, voluntad sublimada del vuelo' sin cabeza.

¿No es cierto que, al movilizar el lenguaje del cuerpo, el bailarín debe convertirse en movimiento puro, abdicar momentáneamente sus poderes racionales?

Su escultura El beso fue juzgada pornográfica e incomodó a algunas almas pacatas de la época. ¡Cuánta belleza! Unamuno decía que una escultura así probaba todo lo que de carne había en el espíritu, y todo lo que de espíritu había en la carne.

Hombre y mujer no se aman aquí desde el uno o el otro: se aman desde el fondo del ser: ahí ya no hay carne ni espíritu, sólo sed de totalidad.

La catedral: dos manos que apenas se tocan, tendidas hacia lo alto, en un gesto que es a un tiempo erótico y místico: una especie de plegaria. Nos preguntamos: ¿qué es el cuerpo, que son las manos cuando se unen, si no una catedral?

Rodin, Rodin' Más allá de sus innovaciones técnicas, quizás su mayor revelación fue haber descubierto que las piedras también tienen un alma, y que se mueren de ganas de cantar, si tan sólo nosotros las dejásemos hacerlo.

El perturbador aroma de la ausencia

Precursor Giorgio de Chirico anunció las vanguardias e ilustró la angustia de una época

JACQUES SAGOT jacsagot@gmail.com 06:24 P.M. 12/02/2011

La función primordial del arte no es sólo ser “lindo”, ser “bonito”, menos aun “decorativo”. Ni Grünewald, ni Poe, ni Schönberg ni Kafka son “bonitos”. El arte perturba, incomoda, sacude: un terremoto de magnitud ocho punto cinco en los estratos más profundos del alma. Habría que dudar del equilibrio psíquico de un individuo que adornara las paredes de su dormitorio con La isla de los muertos, de Böcklin, y llenar la sala de cuadros de Giorgio de Chirico es casi una receta perfecta para no recibir nunca visitas. A las fantasmagorías de este poeta de los sueños nos referiremos hoy.

El surrealismo siempre reconoció en De Chirico su más directo precursor. Decimos “directo” porque una corriente surrealista alimenta subterráneamente la pintura de todos los tiempos, a la manera de una constante (Grünewald, Caspar David Friedrich, Fuseli, Goya).

Así pues, De Chirico es ungido padre de la constelación surrealista y celebrado por su “Santo Papa”: André Breton.

De Chirico era un hombre melancólico, fascinado por la poesía y la filosofía (en particular Nietzsche y Schopenhauer). No es arbitrario que su arte se haya descrito como “pintura metafísica”. Su fascinación literaria y filosófica se traduce en dos hermosos aunque difíciles libros:Hebdomeros y su Autobiografía, en la que encontramos amargos ecos de su alistamiento en la Primera Guerra Mundial, en 1914. Hombre universal, cultivó también la escultura (Héctor y Andrómaca: 1966), la arquitectura, y fundó la revista Roma, en plena Segunda Guerra Mundial.

La belleza de la incongruencia. La desolación y la profunda melancolía de sus paisajes urbanos, en particular de las calles y plazas, con sus misteriosas arcadas románicas, parecen lugares donde se hubiese cometido un crimen, del que todo el mundo hubiera huido y no quedase testigo alguno. El ser humano está ausente. Sólo queda de él su traza. Es una presencia-ausencia, o, si se prefiere, una ausencia-presencia: la definición misma de un fantasma.

Los elementos son incongruentes: maniquíes con anteojos oscuros, alcachofas, trenes, relojes, cañones: todo lo que delata al ser humano sin mostrarlo. Esto nos recuerda la definición “oficial” del surrealismo: “El encuentro de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección” (Lautréamont).

No son puras guasas. Hablamos de un movimiento que quería reaccionar contra siglos de cultura racionalista, que se había propuesto renunciar a lo que Mallarmé llamaba, criticando el arte figurativo, “el eterno reportaje de la realidad”.

Crear un mundo virgen, la belleza de lo ilógico, de lo irracional, de las cavernas subconscientes; tomar los elementos de la realidad y reacomodarlos, yuxtaponerlos de maneras absurdas: un desafío y una subversión de la razón.

Soles portadores de muerte, estatuas grecorromanas al lado de objetos modernos, cuadros “dentro” de cuadros, conflagración de lo antiguo y lo contemporáneo, un vocabulario pictórico muy limitado, en el que algunos elementos reaparecen como leit-motifs (motivos recurrentes: Wagner), o quizás como fetiches (los maniquíes).

Soledad, desierto, silencio infinitos. Cielos glaucos, verdosos, ¡una estatua clásica con un guante de hule, un sol convertido en ojo, un pedestal desprovisto de estatua! Un mundo muerto.

El “despaisajista”. De Chirico no renuncia a la perspectiva renacentista, al punto de vista único. En el fondo, su pintura es formalmente convencional, cosa que los surrealis-tas prefirieron ignorar. La vida sólo aparece en cuadros “contenidos” dentro del cuadro.

Intentando describir su pintura, Vitrac habla de “revelación”, la “Gracia”, “lo oculto”, “el sueño”: la imaginación religiosa. Por su parte, Cocteau ve en ella la representación de “un misterio laico”, una pintura del duelo, llamada “metafísica”, aunque no ofrezca contestación alguna a las grandes interrogantes metafísicas.

De Chirico no es un paisajista; es un “despaisajista”: nos aliena espacialmente; nos da la impresión de una ausencia de país, de hogar. Devenimos extraños en un mundo que no nos pertenece.

Una vez más Cocteau, con sus perceptivas fórmulas: “Picasso es un pintor cuyos cuadros devienen poemas; De Chirico es un pintor cuyos poemas devienen cuadros”.

Yves Tanguy, como Dalí, tomaron de De Chirico esos cielos de eclipse, crepusculares, que todo lo bañan de irrealidad. De Chirico nos produce la impresión de que la mirada del espectador parece perder su movimiento.

Luego, sus alargadas, hiperbólicas sombras, a la vuelta de una esquina, sombras de gigantes, o de figuras iluminadas desde atrás por una luz inconcebible. Resulta imposible no pensar en el primer párrafo de Aurélia, de Nerval: “Las pálidas figuras gravemente inmóviles que habitan la morada de los limbos”. Es una pintura hipnótica, enigmática y obsesionante, más perturbadora que “linda”.

Algo más: si la pintura de De Chirico nos da la impresión de sueños, son esos sueños cuya “historia” no recordamos, sino solo ciertas imágenes, ciertas “fotografías” que no logran constituir relato.

Extraña belleza, la melancolía. La preguerra había sido un período artísticamente ubérrimo para Europa. La pintura tenía el fauvismo, el cubismo, el abstraccionismo de Kandinsky, el expresionismo; en poesía estaban Apollinaire, Jacob, Reverdy y los futuristas. La novela tenía al más grande escritor del siglo: Marcel Proust; la música, a Stravinsky (El pájaro de fuego, Petroushka, La consagración de la primavera); la danza, a Diaghilev, Nijinsky e Isadora Duncan. El cine emergía como la forma de arte por excelencia del siglo XX', pero la guerra vino a devastar este entramado de sueños y de hermosas promesas.

Europa se desintegra. Un profundo pesimismo se apodera de los artistas que la sobreviven. Quedan solo la angustia, que nadie expresó mejor que Kafka, y la demencial música del Schönberg tardío.

De Chirico pertenece a esta generación del desencanto, de la irracionalidad, belleza extraída al dolor y al pesimismo. El gran artista es aquel que sabe transformar el sufrimiento en belleza, y De Chirico lo hizo de manera superlativa. Su pintura no va a “alegrarnos”; hará algo mucho más valioso: estremecernos.

Pudo haber sucumbido a la tentación del dadaísmo de Tristan Tzara, que definía el movimiento como “la rana que echó pelos”, y cuyo tratado reza, literalmente, así: “da-da-da-da-da-da-da-da-da-da-da-da-da-da-da-da-da-'” durante un libro entero. Eran soluciones fáciles, el absurdo.

Sin embargo, De Chirico buscó y encontró una respuesta lejos de esas charlatanerías, históricamente importantes, pero charlatanerías al fin. De Chirico pertenece a ese linaje de artistas en los que la voz individual coincide con la voz de una época. Expresándose a sí mismo, expresó el espíritu de su generación, de toda Europa.

El hombre –el ser humano– ha muerto. Quedan sólo su sombra sobrenaturalmente alargada, sus artefactos, algunos vestigios de la Revolución Industrial', pintura “silenciosa” porque ni siquiera oímos los pasos de los transeúntes que deberían circular por sus calles desiertas.

Una pregunta esencial nos formula: ¿pueden ser bellas la soledad, el silencio, la melancolía, el crepúsculo, los sueños? Cada lector tendrá su respuesta, y todas serán correctas porque, como dice Borges, “la Verdad, o la tenemos todos, o no la tiene nadie”.


Ruiseñor en cautiverio

Camille Claudel La genial escultora vivió una existencia trágica marcada por la pasión, el rechazo y el olvido

JACQUES SAGOT jacsagot@gmail.com 04:02 P.M. 23/10/2010

“Detrás de todo gran hombre se esconde una gran mujer”, dice ese refrán del saber popular, que es el menos sabio de todos. La olímpica, titánica figura del personaje masculino; sus brazos dignos de Prometeo; arpa eólica en mano; la frente ceñida por el laurel del poeta; sostenido, o realzado, o llevado en alas por musas en ruta hacia el Parnaso. La mujer no existe en estos conjuntos escultóricos, excepto como modelo.

(1898-1913), escultura de Camille Claudel en el Museo de Orsay, en París (Francia).

“Detrás de todo gran hombre se esconde una gran mujer”, dice ese refrán del saber popular, que es el menos sabio de todos. La olímpica, titánica figura del personaje masculino; sus brazos dignos de Prometeo; arpa eólica en mano; la frente ceñida por el laurel del poeta; sostenido, o realzado, o llevado en alas por musas en ruta hacia el Parnaso. La mujer no existe en estos conjuntos escultóricos, excepto como modelo.

“Detrás de todo gran ser humano se esconde otro ser humano”: Es así como se deben plantear las cosas: es una cuestión de justicia histórica. Cierto que detrás de Rodin estuvo Camille, de Baudelaire, Jeanne Duval, de Dali, Gala, de Schumann, Clara Wieck. Pero durante la segunda mitad del siglo XIX, el paradigma comienza a cambiar: la mujer va adquiriendo presencia en la música, en la literatura, en la plástica, con las tres grandes damas del impresionismo: Mary Cassat (1845-1926), Marie Baucquenard (1840-1916), Berthe Morisot (1841- 1895). Pero ninguna ha producido revuelo comparable al suscitado por la escultora Camille Claudel (1864-1843).

El remordimiento colectivo. Es que su vida despierta en nosotros un profundo sentimiento de injusticia. De rabia, incluso. Películas (Isabelle Adjani, Gérard Depardieu: Nuytten, 1988), documentales, libros que van de biografías a análisis de sus obras, pinturas, catálogos, exposiciones itinerantes' es como si el mundo tratara de decirle: “aquí estás, aquí estás, más vigente que nunca: ni las rejas, ni el silencio, ni la sombra, ni la absoluta soledad de tu celda lograron destruirte”. En palabras de Nietzsche: “Camille nació póstuma”. Es que al buen burgués le gusta más reconocer que conocer. ¿Para qué descubrir y admirar a un nuevo escultor, cuando ya se tiene a Rodin por escultor “oficial”?

Prohibido embarrialarse. Oriunda de la región de Champaña, donde nació en 1864 (exacta contemporánea del movimiento impresionista en pintura y en música), Camille, como tantos niños, gozaba jugando en el barro. La fascinaban su textura, su maleabilidad. Sus padres la reprendían por su ropa y su cuerpo embarrialados: pero ambos, en particular él, creyeron siempre en su talento. Moldeaba los rostros de su empleada Helène y de su hermano menor Paul, el gran poeta francés, representante del moderno catolicismo francés.

Rodin. En 1882 entra en la Academia de Paul Dubois, que no tiene mucho que enseñarle. La Escuela Nacional de Bellas Artes de París estaba aún vedada para las mujeres. De las muchas creadoras talentosas de la época, Berthe Morisot fue la primera en ser admitida en la prestigiosa institución.

Y luego una de esas fechas que marcan el calendario interno –no el “oficial”– de una persona: encuentro en 1883 con Auguste Rodin, veinticuatro años mayor que ella. Otro iconoclasta, Rodin también había sido rechazado de la más importante academia de París. La empatía entre ambos fue inmediata. Ella llegó a él con ojos deslumbrados, pero la admiración no tardó en convertirse en otra cosa. Fue su modelo, su asistente, su discípula, su inspiración, su admiradora, su amante, su colaboradora. Camille contribuye significativamente a crear la imponente Puerta del infierno, vorágine de cuerpos torturados, algunos de los cuales fueron tomados de otras esculturas de Rodin, y otros de Camille.

Seguirían otras obras maestras: La Danaide y Fugit amor. El agrio, dificilísimo crítico Gustave Mirbeau, elogió el trabajo de Camille: “Esta muchacha (sic) esculpe en un estilo que conserva bien su individualidad, a pesar de la proximidad de un gigante como Rodin”. En este punto el “gigante” fue noble: “Yo a Camille le señalé el camino para encontrar el oro, pero todo el que ha extraído ha sido obra únicamente de ella”. Y luego: “Ya no acepto las críticas de nadie: sólo el juicio de Camille cuenta para mí”.

A pesar de la pasión que los unía –o quizás precisamente por ella– la relación de ambos estuvo surcada por tormentas y dolorosas rupturas. Rodin tenía desde hacía muchos años una mujer, Rose Beuret, costurera, que le hacía las veces de compañera “oficial”, asistente, en algún momento modelo, y que Rodin no solo nunca abandonó, sino con la cual se casó días antes de la muerte de ambos. Rodin ignoró las constantes peticiones de separación de Camille. La relación comenzó a avinagrarse. De esta época data la que, para muchos, es quizás la más bella escultura de Camille: La edad madura. En ella vemos a un Rodin monumental.

Una mujer se arrastra implorante detrás de él, como tratando de retenerlo, mientras una especie de ángel-arpía (Rose Beuret) intenta raptarlo. El trío amoroso no podía ser más claro.

En 1905, ruptura con Rodin y romance con Debussy, quien secretamente le dedica –información recién desempolvada– una versión del Preludio a la siesta de un fauno. Pero Debussy estaba casado y la relación no tenía ninguna posibilidad de prosperar.

¿Locura? En 1905, a pesar de verse consagrada por frecuentes apariciones en revistas de arte y gozar del reconocimiento de sus colegas, la salud psíquica de la escultora comienza a deteriorarse. Entra en prolongados períodos de postración, sucedidos por violentos raptos que la llevan a destruir su propia obra. Dios sabrá cuántas obras maestras perdimos a raíz de este suicidio artístico. Toda la familia, con excepción de su padre, insiste en internar a Camille en un asilo. Paul Claudel llega a los puños con Rodin, culpándolo por el desquiciamiento de su hermana. El no intervencionismo de Rodin cuando internan a Camille en el asilo es, simplemente, una canallada.

La suerte de Camille estaba echada: el padre muere el 3 de diciembre de 1913: ocho días más tarde, por insistencia de la madre y la hermana (que nunca vieron con buenos ojos su estilo de vida), Camille es recluida en el asilo de Ville-Evrard. Paul estaba en los Estados Unidos cumpliendo con sus funciones diplomáticas y nada podía hacer por ella. Un mes más tarde, es trasladada a otra institución (“casas de convalecencia” las llamaban piadosamente en esa época): Montdesvergues. La familia y los médicos prohibieron taxativamente las visitas y las cartas. En treinta años de internamiento, Camille fue visitada únicamente doce veces por su hermano Paul.

A pesar de su mejoría, de sus súplicas, y de la lucidez reencontrada, Camille permaneció recluida hasta el día de su muerte, el 19 de octubre de 1843. Fue enterrada en el pequeño cementerio del asilo de Montdesvergues, bajo una lápida in-nominada, que llevaba por indicación únicamente el número 1943-n392. Cuando en 1855, tras la muerte de Paul, la familia propuso el entierro de ambos cuerpos juntos, y fueron a buscar la tumba de Camille, el asilo respondió que el pequeño cementerio había sido destruido para ampliar las instalaciones de la institución, y que nadie sabía lo que se había hecho con las tumbas.

El desagravio. La revaloración de Camille Claudel como artista data de los cincuentas. Ya en 1951, el Museo Rodin organiza una exposición con cuarenta de sus obras e innúmeras reproducciones fotográficas. Proliferan los documentales producidos y transmitidos por la Radio-Televisión Francesa. Calles, placas, puentes, parques: todas esas cosas que por definición llegan siempre tarde. Como decía Yolanda Oreamuno: “Quizás la muerte es lo único a lo que siempre llega uno temprano”.

¿Qué queda? El ejemplo para ser recordado de un criterio sexista que llama locura en la mujer lo mismo que en el hombre es muchas veces considerado genio (lo que Foucault llamaba la “patologización de la mujer”). Cuarenta piezas maestras que nos dejan la nostalgia de todo lo que pudo haber sido y no fue (¡cuánto pudo haber producido en treinta años!) Y entre ellas, un grupo escultórico en particular, que mencionamos porque encarna la esencia de la música y el movimiento: El vals, de 1891. El inspector de bellas artes de París obligó a Camille a vestir a los bailantes, originalmente desnudos. La pieza no pierde con ello nada de su sensualidad. Sensualidad, sí, carne, piel, músculos, venas, que fue lo que Camille supo darle a la piedra.

La bailarina

La bailarinaes eltiempohecho carne

JACQUES SAGOT EMBAJADOR DE COSTA RICA ANTE LA UNESCO 11:38 P.M. 21/06/2010

La poesía, como la música, viven en el tiempo, no en el espacio. La pintura, la escultura, la arquitectura viven en el espacio, no en el tiempo (el desplazamiento del espectador relativamente al objeto inmóvil se inscribe, por supuesto, en el tiempo, pero este no es necesario para la captación global de la obra).

La danza vive en el espacio como en el tiempo. Es puro devenir, decurso, la vida misma. El río de Heráclito. “Caminante no hay camino: se hace camino al andar, caminante no hay camino, solo estelas en la mar” (Machado).

La bailarina es un ser constantemente preterido. Inasible. Se confunde a tal punto con la dinámica de la vida que, en cierto modo, es como si no existiera. Trazas, estelas: es todo lo que de su movimiento nos deja. Siempre vamos “detrás” de ella, reconstruyendo e integrando desesperadamente los gestos que, tan pronto ejecutados, evanescen para siempre. Como la música, con la diferencia de que el espacio –condición de posibilidad del movimiento– es consustancial.

El discurso de la bailarina se articula en tres tiempos: la protensión (la expectativa), la atención (el instante), y la retención (la construcción retroactiva de significado). Se “lee” de atrás hacia delante, a través de esta última función.

Una vez más: sólo el lenguaje del cuerpo existe en ambas latitudes: el tiempo y el espacio. Omitan una de ellas, y la danza deviene inconcebible. La evolución del movimiento va de la mano con la durée (Bergson). El tiempo, para la bailarina, discurre como un fluido permanente, no como una sucesión de puntos discretos. La inmovilidad es imposible. Está condenada, cual la doncella de La consagración de la primavera, a bailar hasta morir.

Por eso, tan pronto creíamos tenerla en nuestras manos, se nos escapa, se esconde a nuestros ojos como a nuestra conciencia temporal. Anti-parmenídea, la bailarina afirma el movimiento, por lo tanto el cambio, por lo tanto el devenir y el fluir del tiempo.

Se confunde con la vida al punto de tornarse indiscernible de ella. La protensión es el momento de la ansiedad, de la sed; la atención es el momento del puro maravillarse, el instante-eternidad; la retención es, como todo acto de reconstrucción, de orden más bien intelectivo.

A la bailarina no se la contempla (cosa que requeriría, por ejemplo, el hieratismo de una escultura): tenemos que “ir con ella”: seguirla, casi per-seguirla.

Y la última de las paradojas: a fuerza de transformarlo en lenguaje, la bailarina “pierde” su cuerpo. Se convierte en expresión pura, así como una cara deja de ser ella misma para devenir llanto o sonrisa. La expresión invisibiliza el cuerpo. Por hermoso que sea. La belleza queda completamente espiritualizada. Toda bailarina aspira a volar. Cada uno de sus movimientos es un élan ascencional. Un fracaso, una sublime frustración. Caer una y otra vez, vencida por la fuerza de gravedad, pero persistir hasta la extenuación total. Como el ansia erótica, y la teoría de la Gesamtpenetrazionen, de mi amigo Florián, ya expuesta en anteriores artículos.

Cada vez que voy al ballet aprendo cosas nuevas; llevo mi libreta de apuntes, observo, observo, observo, en el sentido más profundo e intenso de la palabra. Me desespero tratando de precisar, de determinar el secreto de todo cuanto me fascina. He descubierto, experimentado tantas cosas, que a veces sueño con un libro enteramente consagrado a la bailarina. Si no tuviese tiempo de escribirlo, ahí quedarán, siquiera, las reflexiones dispersas en mis artículos.

La bailarina es el tiempo hecho carne. Entre la tierra y el cielo, entre lo humano y lo divino.