lunes, 6 de junio de 2011

La culpa

La culpa encarna la peor forma de la arrogancia

JACQUES SAGOT EMBAJADOR DE COSTA RICA ANTE LA UNESCO 08:24 P.M. 15/08/2010

La culpa no es otra cosa que violencia. Una violencia que, al no poder sido dirigida hacia fuera (contra alguien), se vuelve hacia adentro (uno mismo). Se “introyecta”. El escorpión inoculándose su propia ponzoña en medio del círculo de fuego. Es un sentimiento inútil. El auto-tormento.

Sentir culpa y asumir responsabilidad son cosas muy diferentes. La primera es aberrante, retorcida (“por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”), y tiene algo de morbosamente placentero: el gozo de la auto-flagelación. Además, un peligroso instrumento de dominación. A través de la culpabilización, religiones y pueblos han manipulado al prójimo. La culpa original, la culpa atávica, la culpa histórica, la culpa individual' solo será culpable aquel que se deje ser impugnado.

Asumir responsabilidad no es declararse culpable, es comprender –aceptar–que uno desempeñó un papel significativo en una acción incorrecta, admitir haber sido el “lugar” del error, procurar enmendar el yerro –¡ay, no siempre es posible!– o contribuir a que otros no lo cometan también.

Es un acto de autoexamen, requiere valentía, honestidad, dejar hablar a la voz insobornable de la conciencia. Por encima de todo, toma humildad: fallé, pifié, erré, se me fue una nota, boté un penal' como ustedes quieran llamarlo. Aceptar, aceptar, aceptar. Y sí: encajar las consecuencias.

Sea el último acto del día (“El examen de medianoche”, lo llamaba Baudelaire) hacer el balance ético de la jornada: ¿qué hice –o no hice– con los otros? Y ¿qué hice –o no hice– con migo mismo? Y escuchar, que nunca lo hace uno mejor que en la soledad y el silencio.

La culpa parte siempre de lo que Foucault llamaba “una ilusión retrospectiva”: ¡si tan solo hubiera hecho esto o aquello! Pero no es así. Piénsenlo bien: de haber podido lo hubiera hecho. No es una forma de eludir el peso ético de la acción u omisión. Es entender que, aunque ciertamente tuvimos la opción de haber ido hacia la derecha o la izquierda, hicimos únicamente lo que nuestro autocontrol, lo que nuestro entendimiento, lo que nuestra química corporal, lo que nuestra inteligencia nos permitió hacer en ese momento dado, en las circunstancias en que nos hallábamos, con los elementos de juicio que estaban a nuestra disposición.

Hicimos lo mejor que pudimos' y a veces lo mejor que pudimos resulta ser un error, por insuficiencia o por exceso, no importa.

No existe el “pude haber hecho esto o lo otro”: sólo existe el “hice lo que pude”.

Cuando alguien dice: “yo podría haber evitado el choque si hubiera ido más atento”, la observación –que en teoría es correcta–, es falsa en la praxis.

Desde luego que no podía haberlo evitado, pues de haber podido lo hubiera hecho.

El portero debió haberse tirado a la izquierda' no, a la derecha. El portero no “debió” nada. Hizo lo que pudo –repito– en ese justo, preciso momento. Un instante antes, un instante después su decisión habría sido otra. Reconstruidos los hechos, siempre quedamos con la ilusión de que tuvimos la libertad de no haber cometido el error. Como si los errores se eligieran. Lo cierto es que nuestra libertad está limitada por el “pudimos” o “no pudimos”. La culpa encarna la peor forma de la arrogancia: asumir que en todo tiempo y lugar somos amos del devenir.

Que siempre estuvimos en condiciones de haber evitado el error. Desengañémonos: nuestro poder no es tan grande.

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