JACQUES SAGOT jacsagot@gmail.com 06:06 P.M. 13/11/2010
La gente se pasa implorando lisonjas, extorsionándolas, lo que los americanos llaman “fishing for compliments” (“pescando cumplidos”). Son pordioseros del halago. Un piropillo por aquí, un reconocimiento por allá, una anónima felicitación por el otro lado, y el rostro se les ilumina con ultraterreno resplandor. Solo les falta sentarse en una esquina con el tarrito en la mano: “un cumplido, por el amor de Dios'”. Y si hacerse reconocer en Nueva York es sin duda digno de ser apuntado en el diario íntimo, ¿quién no lo va a reconocer a uno en San José, donde un poquillo de farándula y de presencia en los medios hacen de uno un ícono cultural?
Pero lo peor de todo es que se lo creen, el cuento de su propia fama, de su inmarcesible prestigio, de su inmortalidad. He visto a hombres y mujeres revertir el mal concepto que tenían de una persona por la dádiva de un par de lisonjas. Perdonar agravios serios a punta de “honores”, venderse a sí mismos al precio de reconocimientos públicos, de abrazos en media calle. Se transfiguran' es una necesidad irreprimible' necesitan ser reconocidos para vivir. No se dan cuenta de que los están utilizando, o tal vez sí se dan cuenta, pero fingir cierta inocencia al respecto forma también parte de su libreto.
Las más de las veces, un cumplido extorsiona un favor. Yo te gratifico verbalmente, vos me concedés lo que pido. Está también el truco de la menesterosidad: “estoy en problemas; solo usted me puede ayudar, no sé a quién más acudir”.
¿No es que el ser humano tenía algo que se llamaba dignidad? A veces' ¿Y el amor? ¿No hay cumplidos y daciones que son hechos por admiración genuina y por espíritu de servicio? Una y mil veces sí.
Sin embargo, viene ese momento terrible del “examen de medianoche”, de Baudelaire, y me doy cuenta de que posiblemente no hay un favor o gesto generoso que haya yo cumplido en mi vida del que no esperara compensación, premio o gratificación alguna. Puede ser ínfima, sutil como la telaraña del YO en el que todos estamos prendados, pero siempre está ahí. Requiere un supremo esfuerzo de autoanálisis detectarlo: pero la expectativa de la recompensa permanece ahí, echando a perder la fantasía de la pureza de nuestra generosidad.
No somos ni tan célebres, ni tan buenos, ni tan importantes, ni tan generosos, como la gente nos ha hecho creer. Hay que ser muy tonto para tragarse esas golosinas y salir en estado de arrobamiento por ellas. La vanidad es el pecado favorito del diablo. Somos criaturitas emborrachables a punta de palabras. Gallinitas de corral tratando de volar como quetzales.
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