Ni el piano ni la computadora se van a meter en la cama con uno
JACQUES SAGOT jacsagot@gmail.com 06:38 P.M. 18/02/2011
El filósofo Max Scheler hablaba de tres tipos de soledad: la física, la social, y la moral. Un ser humano perdido en el desierto está físicamente solo. Un ser humano extraviado en una inmensa y ajena ciudad está socialmente solo (“En este populoso desierto que llaman París” –se lamenta La Traviata: magna civitas, magna solitude). Un ser humano cuyo sentimiento íntimo de la vida, cuyas ideas, cuya sensibilidad ética y estética –en suma, su cosmovisión– no sea compartido por nadie en su entorno, está moralmente solo. Aislado, insular. La más terrible de las soledades. Como alguna vez dijo Ortega y Gasset: “Ser diferente es ser indecente”. Nadar a contracorriente de la marejada que todo lo va arrastrando a su paso, es el acto más heroico de que un ser humano es capaz. Esa es la Soledad, la que se escribe y se vive con mayúscula. El rechazo, el ninguneo, la envidia, la burla, la desaprobación, a veces la difamación, o insultos que hacen detenerse el movimiento del planeta por un instante.
El ser humano busca la integración, la aceptación, desde su más temprana edad. Es, de hecho, su manera de vivir el amor. ¡Pero ser “diferente”! “Unus vir, nullus vir”: “Un hombre solo equivale a ningún hombre” –dice Erasmo. En efecto. Necesitamos testigos de nuestro paso por el mundo. La soledad moral engendrada por la diferencia duele; de hecho, es quizás el dolor más grande que existe. Y si se experimenta desde la infancia, puede marcar la vida entera. Lo más triste es que dentro de esos que rechazan al hombre-isla, no faltan quienes le profesan una sorda, secreta admiración, que jamás admitirían.
Y bueno, se aprende a vivir en la soledad, que al rato es buena compañera. Algunos dicen que el creador nunca está solo. Lo acompaña su obra, su trabajo. “La soledad no se rompe con la compañía, sino con la palabra”, dice, en una se sus más bellas cartas, Yolanda Oreamuno. Sí, sí, Yolanda, estamos de acuerdo. Pero luego llega ese momento terrible en que hay que cerrar la tapa del piano y de la computadora, e ir a meterse entre las cobijas a leer un ratillo, tomarse los somníferos, acomodarse las almohadas' el lecho se siente enorme, casi una estepa siberiana, y ni el piano ni la computadora se van a meter en la cama con uno. Claro, siempre podemos comprarnos un gato para que nos caliente los pies, supongo. La noche'cuando la soledad muerde más duro. La diferencia, la soledad moral' los abrojos se llenarán de flores, y de los árboles resecos brotarán frutos inéditos: cuentos, sinfonías, poemas' Tierra feraz, la soledad. Y al rato, podríamos hasta encontrarle rasgos de mujer, y enamorarnos de ella.
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