lunes, 6 de junio de 2011

La bailarina

La bailarinaes eltiempohecho carne

JACQUES SAGOT EMBAJADOR DE COSTA RICA ANTE LA UNESCO 11:38 P.M. 21/06/2010

La poesía, como la música, viven en el tiempo, no en el espacio. La pintura, la escultura, la arquitectura viven en el espacio, no en el tiempo (el desplazamiento del espectador relativamente al objeto inmóvil se inscribe, por supuesto, en el tiempo, pero este no es necesario para la captación global de la obra).

La danza vive en el espacio como en el tiempo. Es puro devenir, decurso, la vida misma. El río de Heráclito. “Caminante no hay camino: se hace camino al andar, caminante no hay camino, solo estelas en la mar” (Machado).

La bailarina es un ser constantemente preterido. Inasible. Se confunde a tal punto con la dinámica de la vida que, en cierto modo, es como si no existiera. Trazas, estelas: es todo lo que de su movimiento nos deja. Siempre vamos “detrás” de ella, reconstruyendo e integrando desesperadamente los gestos que, tan pronto ejecutados, evanescen para siempre. Como la música, con la diferencia de que el espacio –condición de posibilidad del movimiento– es consustancial.

El discurso de la bailarina se articula en tres tiempos: la protensión (la expectativa), la atención (el instante), y la retención (la construcción retroactiva de significado). Se “lee” de atrás hacia delante, a través de esta última función.

Una vez más: sólo el lenguaje del cuerpo existe en ambas latitudes: el tiempo y el espacio. Omitan una de ellas, y la danza deviene inconcebible. La evolución del movimiento va de la mano con la durée (Bergson). El tiempo, para la bailarina, discurre como un fluido permanente, no como una sucesión de puntos discretos. La inmovilidad es imposible. Está condenada, cual la doncella de La consagración de la primavera, a bailar hasta morir.

Por eso, tan pronto creíamos tenerla en nuestras manos, se nos escapa, se esconde a nuestros ojos como a nuestra conciencia temporal. Anti-parmenídea, la bailarina afirma el movimiento, por lo tanto el cambio, por lo tanto el devenir y el fluir del tiempo.

Se confunde con la vida al punto de tornarse indiscernible de ella. La protensión es el momento de la ansiedad, de la sed; la atención es el momento del puro maravillarse, el instante-eternidad; la retención es, como todo acto de reconstrucción, de orden más bien intelectivo.

A la bailarina no se la contempla (cosa que requeriría, por ejemplo, el hieratismo de una escultura): tenemos que “ir con ella”: seguirla, casi per-seguirla.

Y la última de las paradojas: a fuerza de transformarlo en lenguaje, la bailarina “pierde” su cuerpo. Se convierte en expresión pura, así como una cara deja de ser ella misma para devenir llanto o sonrisa. La expresión invisibiliza el cuerpo. Por hermoso que sea. La belleza queda completamente espiritualizada. Toda bailarina aspira a volar. Cada uno de sus movimientos es un élan ascencional. Un fracaso, una sublime frustración. Caer una y otra vez, vencida por la fuerza de gravedad, pero persistir hasta la extenuación total. Como el ansia erótica, y la teoría de la Gesamtpenetrazionen, de mi amigo Florián, ya expuesta en anteriores artículos.

Cada vez que voy al ballet aprendo cosas nuevas; llevo mi libreta de apuntes, observo, observo, observo, en el sentido más profundo e intenso de la palabra. Me desespero tratando de precisar, de determinar el secreto de todo cuanto me fascina. He descubierto, experimentado tantas cosas, que a veces sueño con un libro enteramente consagrado a la bailarina. Si no tuviese tiempo de escribirlo, ahí quedarán, siquiera, las reflexiones dispersas en mis artículos.

La bailarina es el tiempo hecho carne. Entre la tierra y el cielo, entre lo humano y lo divino.

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